UN NIÑO CON UNA PISTOLA

A MICRÓFONO CERRADO, opinión

29 de marzo, 2022

Que, en esta aldea globalizada, cada vez más sufrimos todos de los mismos males, la actualidad nos lo recuerda a diario… Si hace no demasiadas fechas un adolescente mataba a su novia de sólo 17 años; hoy un niño de primaria ha acudido a clase con una pistola en su mochila, como el que va a comprar chucherías al kiosco de la esquina. Lo de menos es al final se comprobase que era de fogueo, el chaval creía que portaba un arma de fuego, un arma de verdad.

Sólo semanas atrás, en febrero, un alumno de 13 años del colegio Monteagudo de Murcia atacó en medio de una clase a su profesor por la espalda con un objeto punzante. No, no estamos en la América profunda, sino en nuestra Murcia del alma. Noticias de esta clase constituyen una llamada de atención para esta sociedad nuestra en la que todo es lo mismo y casi todo da igual.

Así, por ejemplo, que profesores, médicos y enfermeros sean amenazados un día sí y otro también, nos parece una nadería. Que nuestros jóvenes se acosen y maltraten, casi ni lo apreciamos, si no ocurre una desgracia desproporcionada, de esas que tanto gustan a cierta prensa. Como aquella que relataba la escalofriante matanza de Elche que protagonizo un chaval de apenas 15 años que asesinó a sus padres y hermano sin sentir el más mínimo remordimiento. Vivimos como vivimos y nos pasa lo que nos pasa…Y nada es casualidad.

Ojo avizor: nuestros jóvenes sufren nuestra desidia por tantas cosas. La educación de la juventud empieza por nosotros mismos, de nada sirve echarle la culpa al empedrado de la Administración, que la tiene, pero el primer y último culpable de la degradación moral que vivimos depende de todos y cada uno de nosotros.

Que chicos de tan corta edad sean capaces de atrocidades, nos debería sumir en el más profundo examen de conciencia. Es a los jóvenes, qué duda cabe, a quienes compete el porvenir de esta tierra nuestra, pero no les estamos dejando el futuro que se merecen. En primer lugar, porque no les entendemos ni atendemos cómo deberíamos; porque, en última instancia creemos que todo se puede comprar.

Y nuestros niños, con muchos más medios que tuvimos nosotros, los padres y abuelos de hoy, son más infelices que nosotros, mucho más. Ya apenas se les ve jugar en la calle, rara vez se les oye reír alborozadamente en las plazas, y apenas apartan la mirada de una pantalla.

Lo que oyen y ven, comparten y socializan en la red de redes es lo que luego les influye decisivamente. Un niño con una pistola en una escuela es todo un símbolo: un símbolo de nuestro tiempo, perdido en el ciberespacio. ¿Tendremos que ir en busca del tiempo perdido?