Quiero comenzar el programa de hoy echando la vista atrás… diez años atrás… Volvemos al 11 de mayo de 2011… Y a una hora en concreto, a las 18.47, a las siete menos 13 minutos, una hora que se clavaría en nuestro corazón.

 Entonces, como hoy, elevamos la plegaria al cielo de la radio que es el más azul… Una plegaria que se titulaba (y se sigue titulando) “La mala hora”. Entonces les decía, lo que ahora les repito:

 “LA MALA HORA”

10 mayo, 2021

 Miré el reloj, pero no vi la hora. La mala hora llegó entonces; nadie la esperaba, nadie pudo escapar de ella, nadie podrá. Como usted, no olvidaré esa hora mientras viva: las 18.47 volverán a sonar cada tarde en el premioso reloj de mi memoria. Las 18.47 ya no será una hora concreta de un día determinado, en mí será un espacio ilimitado sin principio ni fin.

 Decía Azorín que “el pasado existe, el porvenir existe también, lo que no existe es el presente, el presente es un hilo tan sutil que cuando queremos fijarnos ya estamos del otro lado”. Cuánta verdad. Mas ni su hondura pudo concebir una hora tan ausente, un tiempo tan muerto, un lapso perdido en el túnel de la tempestad, incubado por tantos silencios que exclaman, tantos gritos que callan…. En la oscura Macondo de García Márquez, tampoco se hubiera vislumbrado una hora más infausta.

 Las 18.47 ya no es una hora; ni el 11 de mayo, una fecha inocua en el calendario; el frenético vaivén de nuestros días se vio frenado violentamente en ese punto, e hizo descarrilar el tren de nuestro efímero presente… La mala hora, la peor hora que imaginar se pueda, no marcaba sino el inicio de una historia de héroes anónimos, que se transportaría más allá del tiempo. Todavía hoy, la abnegación del pueblo de Lorca asombra y sobrecoge.  

 Aquel día, como usted, el miércoles 11 de mayo 2011, llevaba mi rutina con el entusiasmo que me insufla la profesión que amo. A esa hora, dirigía una tertulia más de este programa; pretendía analizar la actualidad de una jornada cualquiera. Pero aquélla no sería una jornada más; supondría una brusca inflexión en muchas vidas que verían con sus propios ojos la faz de la tragedia. La historia es conocida por todos: a las 18.47, una segunda sacudida sísmica asolaba Lorca, que apenas si se estaba reponiendo del estupor provocado por un terremoto anterior, que ya había causado los primeros estragos.

 El devastador movimiento telúrico estremeció también Murcia; en nuestros estudios, situados en aquel tiempo en la 7ª planta de un enhiesto edificio de la capital, el crujido de las entrañas de la tierra nos sumió a todos en un angustioso desconcierto: cristales, techo, suelo y paredes vibraron al unísono; la pecera del locutorio se agitaba como poseída en medio de aquellas sacudidas sórdidas, cuyo origen desconocíamos. A duras penas, intentamos seguir adelante, con la duda terrible de no saber qué estaba pasando, ni a qué atenerse… Fue un instante eterno: nadie entendía nada, no comprendíamos bien la magnitud del desastre que se avecinaba, pero continuamos en antena con el alma en vilo; nos mirábamos incrédulos, unos a otros, y nos sentíamos pequeños, ínfimos, insignificantes. Inmersos en la vorágine, queríamos creer en buenas noticias, especulábamos con la posibilidad -y el deseo- de que fuera una réplica del primer seísmo, menos destructiva, nada mortífera.

 Mas la realidad destrozaría nuestras vanas ilusiones; en ese preciso momento, el caos y el pavor se adueñaban de las calles. Al concluir el programa a las 19.30, nos topamos de bruces con una situación cada vez más dantesca; se cernía una tensión inaudita, en la que todo podía acontecer. Miles de personas no dormirían aquella noche; en la intemperie, velarían por los suyos; valerosamente harían frente a la adversidad.

 A la mañana siguiente, Lorca enmudecía y los escombros hablaban; los dos terremotos de la tarde del miércoles (de 4,4 y 5,2 grados) la habían devastado. Lorca semejaba una población fantasma, y en sepulcral silencio se hacía recuento de la desgracia: nueve fallecidos, cientos de heridos, millares de personas sin hogar, unos dos mil edificios dañados, una treintena de monumentos históricos afectados… El balance era atroz.

 Sin embargo, la ejemplar actitud de un pueblo ante la catástrofe ya daba la vuelta al mundo, los lorquinos protagonizaban episodios de altruista grandeza; y, siguiendo su estela, el reguero de la solidaridad se extendía por España entera; una nación unida por un mismo sentimiento, todos unidos para superar la mala hora, la peor hora que recordar se pueda.

A lo largo de esta sesión, nos sumergiremos en aquel imborrable 11 de mayo de 2011, Hoy diez años después, dedicamos este programa a recordar aquella histórica jornada. En vísperas de la conmemoración de los terremotos del 11 de mayo, nos trasladamos hasta Lorca, donde nos aguarda su alcalde Diego José Mateos.

  Lorca pasa a manos del PSOE con los votos de IU y Cs | La Verdad

 

De cara a lo que resta de legislatura, el alcalde de Lorca se muestra esperanzado en poder llevar a cabo los proyectos que se vieron interrumpidos por la pandemia, así como los que aún quedan pendientes para dar feliz término a los asuntos relacionados con los terremotos de 2011. Todavía restan algunas cuestiones relacionadas con la crisis de los terremotos “aunque cada vez quedan menos”, nos puntualiza el alcalde. En este sentido, Diego José Mateos nos anuncia la inmediata puesta en marcha de un Plan Director para la rehabilitación del casco histórico de Lorca, que promueve la Comunidad, y en el que participa activamente el Ayuntamiento lorquino.

A lo largo de esta imborrable década, el alcalde destaca, sobre todo, la entrega del pueblo de Lorca y la solidaridad que se suscitó en España entera. Asimismo, subraya especialmente el colosal esfuerzo de las distintas administraciones, que se unieron en pos de conseguir la reconstrucción y recuperación integral de la Ciudad del Sol. Una meta que está a punto de culminarse.

 

Diego José Mateos, alcalde de Lorca - Lorca - COPE

 En la tertulia con el alcalde de Lorca, nos acompañan:


José Ruiz, presidente del Colegio de Graduados Sociales


Enrique Nieto, pintor y articulista de La Opinión 


Enrique Ros, ex decano del Colegio de Ingenieros Técnicos Industriales

Diego Yepes, nuestro psicólogo de cabecera, experto en coaching