La realidad, a veces, nos sorprende. Otras, sin pretenderlo, nos da la razón cuando hemos aventurado algo. Nos pasa hasta a los periodistas más malvados y críticos, sobre todo con este desgobierno.

A mí sin ir más lejos. El pasado doce de mayo me refería -y perdón por la autocita- al Estado de Carajal en que Pedro Sánchez y sus esbirros tenían sumida a España, entre vacunas que se ponen o no, desgobiernos que se forman o no en Cataluña, manadas de tabernarios en Madrid…

Y viene la vida y te dice que el Estado de Carajal se concreta ahí al lado, en nuestro país, en la cercana y querida tierra de Ceuta, en la playa del Tarajal, que ha sido un carajal con T. Con T de tremendo, con T de taimado, con acento en la i de alauita, de tarugo, de temeroso, de terco, de terrible, tibio, tiránico, torcido, torpe, tosco, tóxico, traidor, tramposo, transgresor, traumático, tumultuoso, turbulento. Con T de tonto.

Ahora, tomen ustedes, como si entraran en el supermercado de Masterchef, los adjetivos que apetezcan y predíquenlos de los dos culpables del carajal del Tarajal: el sátrapa gordo, depravado y vicioso que reina feudalmente en Marruecos, o el narcisista pagado de sí mismo,  rresponsable e incompetente que gobierna -es un decir- en España. Súrtanse bien, que no les va a sobrar ni uno.

No voy a gastar ni una letra más en el cebú déspota de Rabat, que se enriquece minuto a minuto por sus gabelas de esto y de lo otro, sus chantajes, sus fraudes, la mafia elevada a la consideración de Estado de la que se rodea.

Y tampoco merecería la pena hacerlo con el felón, el cobarde, incapaz, inepto, obtuso, negado, desmañado, nulo, negado, inútil, cerril, desastre, zote o zopenco -que ninguno empieza en T- de quien no ha sabido ni querido prestar atención al peligro que la cercana  ecindad del gordo supone para España.

“En vías de solución”, dicen sus corifeos que está la más grave crisis diplomática que hemos afrontado en veinte años. Diplomática, digo, porque solo era una crisis humanitaria en el momento que el tirano utiliza -como su padre en la Marcha Verde- a su pueblo sojuzgado y empobrecido como ariete, poniéndole autobuses en las escuelas del interior diciéndoles que van de excursión y, quién sabe, que España les iba a coger con los brazos abiertos. De entre todos esos, seguro que había quince, veinte, cien, que cobraban un buen sobre de las arcas del mafioso, para animar y jalear a los pobres ignorantes que tiraron al mar.

En vías de solución después de haber regalado 30 millones de euros de todos los españoles -suyos y míos, o sea- ¿a Marruecos? Que va, al marrullero que se va de polvitos blancos y culitos prietos en sus escapadas a París (que me parecería muy bien si no fuera, subsidiariamente, con el producto de sus estafas y chantajes).

¿Y el Gobierno español? Decía el pasado 10 de mayo, y perdón otra vez por la autocita, pero es que se da cuenta uno de que es muy bueno, que estábamos sin Gobierno en España. Y otra vez, la realidad, nos pone en nuestro sitio. No, no es que estemos sin Gobierno, es que están pensando, “luces largas”, ellos que adolecen de luces, en qué van a hacer de nuestro país para 2050. Para ese entonces, Pedro Sánchez tendrá 78 años y esperó que nos lo hayamos sacudido mucho antes. Y el marroquí monarca, al agüita.